jueves, 9 de febrero de 2012

Melany o la levedad del net

 





Difícil decir si es insoportable; difícil también no caer en el cliché de un título tan revolcado que aun ha llegado al lenguaje de las calles, al de los periódicos, e incluso al de este blog; difícil entender que las cosas pueden caer por su propio peso o huir flotando por su propia levedad. Aquí el problema eres tú, Melany, tú y la forma tan impredecible que tienes de ir y venir de ese más allá que es el ciberespacio.
      Sólo hasta que te conocí empecé a creer en que había un mundo virtual acá adentro y que las palabras entre dos seres que no se han visto nunca, de una máquina a otra a través de una sala de chat, podían conmover  y arrastrar tantas insospechables consecuencias.
      Te presentas como Cristina, sin fotografías, sin invitaciones carnívoras ni propuestas de negocios prometedores: "me llamo tal, me gustaría aprender Lengua Española, etc". Una tomada de pelo -pensé. Por no seguir abrigando la duda, te obligué a confesar de dónde habías sacado la poca información que tenías de mí. Me pareció interesante que se la robaras a una de mis alumnas, que ahora es sólo una borrosa silueta en el pasado. Nos "enamoramos" a la segunda conversación y quedé convencido de que algo en la red la hacía una muy eficaz generadora de satisfactores para solitarios online, como yo. Pero seguiste apareciendo y tu existencia más allá de la red se hacía cada vez más probable.
      Aparecieron datos concretos: Coyoacán,  un canal de televisión, el nombre de un programa y de un compañero de trabajo; pero parecía demasiado que, al apagarse el monitor, este mundo donde las cosas se tocan y respiran pudiera albergar algo así, como lo que decías ser y yo me negaba a creer a pesar de la coherencia de tu discurso, porque ¿cuántas chicas, aprovechando el anonimato de lo virtual, podrían hacerse pasar por actrices o artistas y modelos para obtener alguna cita con cualquiera y concretar así el doble fraude de lo virtual y lo real? Pero tú estabas ahí, contándome problemas cotidianos sin alardear de nada, sin segundas o terceras intenciones. Que el director era un genio, que la escena no sé qué, que nos vamos a España, que estuve grabando en Chiapas, que el maldito trabajo me tiene presa y tú eres mi único escape y que no he podido verte. Cero provocaciones, cero ventas, sólo hablar y buscar salidas a una soledad y un abrumamiento por un trabajo que, eso sí, te fascina.
      Grabaciones en el Ajusco a las cuatro de la mañana, las estúpidas discusiones de los compañeros, la exigencia del juvenil genio de tu director, la intención de comprar un edificio para vivir de tus rentas... terminaste por encarnarte en las diminutas fotografías de tu perfil e incluso por ilusionarme un poco: “¿a quién le importa si nunca llego a verla, o mucho menos a tocarla? Saber que el mundo alberga alguien así, lo vuelve menos insoportable” -me decía. Más valedero.
     En el ciberespacio cada quien se deforma a su gusto, se coloca los atributos deseables y se convierte en su "yo" imaginario, en el ideal. Pero dice muy bien Barthes que el amor es un discurso, y fragmentario, además. Es lo que tenemos, lo que podemos presumir como nuestro en un mundo donde las palabras no valen nada porque son “sólo palabras” (que Lucero lo diga ya le da el estatuto de verdad universal). Para mí, que hago el enorme esfuerzo por escribir estas líneas, cada palabra debe tener el peso preciso para que la burbuja del texto no se hunda en la bañera o salga volando por la ventana, y la pureza de nuestro lenguaje, Melany, es tal que no nos conocemos la voz ni los gestos o miradas. 
     Entre realidad y virtualidad elijo el código que nos vincula. Sería una elección como la de vivir la vida de carne o la que vivo en los libros: una verdadera obviedad, pues no hay como aceptar el pacto de las mundos inventados y la fe de lo que se dice para ampliar el verdadero. Acceder al afecto maquinal de tus palabras abrió una puerta muy a lo Huxley, a lo Morrison si quieres. Por eso me gustas más Melany que Cristina, más imaginaria e indefinida que delineada y tangible.
      Calvino propone la levedad entre las virtudes necesarias para el nuevo milenio. Lo dice para los escritores, y temo estar poniéndome bastante pesado. Entre la levedad de los bits que intercambiamos y el peso de un cuerpo que se herrumbra y acelera su marcha al cementerio, me quedo con el incesante teclear de frases que me construyen un engaño irremediablemente evasivo e impredecible al que hoy añado estas palabras de amorosa pero ficticia sinceridad.     



3 comentarios:

  1. Me siento un intruso leyendo esto. Como si estuviera leyendo una carta que no es para mí. O estuviera en un café internet mirando por encima del hombro de esa Melany.
    Digo, no eres tú patidifuso, pero estar detrás de ti o de Melany, digo, la respuesta es lógica; además, le das un muy buen peso con tus palabras, así la imagino sin mucho esfuerzo, aunque con otras palabras -algunas nada más- y otro rostro que va más con mis furores.

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  2. Es cierto que al "conectarnos" tomamos la máscara que mejor nos conviene con todos los que nos relacionamos en este mundo, al fin tú lo dijiste, nos distorsionamos a nuestro gusto, colocamos los atributos y creamos un avatar para montar este poderosísimo y vasto mundo irreal, al fin y al cabo tenemos el cálido y reconfortante sentir del anonimato.

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  3. Realidades difusas. Aunque la diferencia es clara: Cierto que cada quién realiza el perfil que meor le acomoda, sin embargo, esta persona no intentó impresionar a nadie, no intentó obtener beneficio. La timidez intrínseca de la pobre y humilde mujer se transformó en seguridad al charlar con ese hombre en linea. Ten por seguro que siempre te estará agradecida por haberle dado tu hombro para llorar, sin algún interés.
    Muchas gracias, José. Sabes bien lo que siento.
    M.

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